Capítulo 20: En el bosque
Algo pasa. El autobús se detiene en medio de la niebla. Miro a mi acompañante y veo que él está durmiendo plácidamente y que no se ha dado cuenta de nada. Le despierto.
- Algo ocurre. Nos hemos detenido, deberíamos pensar en escaparnos ¿no?, tengo miedo.
- No te preocupes, tranquilízate.
Realmente él me estaba tranquilizando pero se le notaba más nervioso que a mí.
El conductor nos comunica que se ha pinchado una rueda. Nos miramos el uno al otro y respiramos profundamente. Entonces yo le digo que lo mejor que podríamos hacer para que no nos encuentren es seguir nuestro camino por el bosque.
- ¡ Estás loca! si está todo lleno de niebla y no se ve nada. Además no te das cuenta de que no llevamos ni brújula, ni linterna y ni una triste manta para resguadarnos del frío?
- Creo que es lo mejor que podríamos hacer. No quiero que nos detengan. Yo me he ido de casa porque quiero libertad y pensar y no me apetece que me detengan y que me encierren en una celda. Ya he estado suficiente tiempo encerrada en mi casa!.
- Vale, tranquila que yo sólo te he dicho que no me parecía buena ídea. Además no sé en dónde estamos.
- Deberíamos arriesgarnos.
Él se queda pensativo y me dice que de acuerdo. Nos levantamos de nuestro asiento y bajamos del autobús poniéndole de excusa al chófer que nos vamos a fumar un cigarro. Bajamos y nos dirigimos, en medio de la oscuridad, hacia el bosque. Caminamos despacio, y con cuidado...
- Algo ocurre. Nos hemos detenido, deberíamos pensar en escaparnos ¿no?, tengo miedo.
- No te preocupes, tranquilízate.
Realmente él me estaba tranquilizando pero se le notaba más nervioso que a mí.
El conductor nos comunica que se ha pinchado una rueda. Nos miramos el uno al otro y respiramos profundamente. Entonces yo le digo que lo mejor que podríamos hacer para que no nos encuentren es seguir nuestro camino por el bosque.
- ¡ Estás loca! si está todo lleno de niebla y no se ve nada. Además no te das cuenta de que no llevamos ni brújula, ni linterna y ni una triste manta para resguadarnos del frío?
- Creo que es lo mejor que podríamos hacer. No quiero que nos detengan. Yo me he ido de casa porque quiero libertad y pensar y no me apetece que me detengan y que me encierren en una celda. Ya he estado suficiente tiempo encerrada en mi casa!.
- Vale, tranquila que yo sólo te he dicho que no me parecía buena ídea. Además no sé en dónde estamos.
- Deberíamos arriesgarnos.
Él se queda pensativo y me dice que de acuerdo. Nos levantamos de nuestro asiento y bajamos del autobús poniéndole de excusa al chófer que nos vamos a fumar un cigarro. Bajamos y nos dirigimos, en medio de la oscuridad, hacia el bosque. Caminamos despacio, y con cuidado...
¡Lo he hecho! te repites una y otra vez. Pero, de pronto, empiezas a pensar en el valor que has tenido dejando todo de lado, tu familia, tu trabajo, tus amigos... y tantas otras cosas que seguramente añorarás. Y, realmente, no sabes explicar el porqué te marchas, porque ni tú estas segura de que lo estás haciendo. Te vas sin saber el que te vas a encontrar en una ciudad en la que ni entiendes el idioma, ni sabes a dónde ir. Empiezas una nueva